domingo, 3 de junio de 2007

Soy un hijo de Vietnam


Si eres hombre y naciste entre 1975 y 1982 puede que seas un “hijo de Vietnam”. Tal vez suene estúpido, pero esto lo he analizado en una que otra chupeta junto con amigos contemporáneos y estoy casi seguro de que el síndrome de la post guerra de Vietnam frustró tanto a los gringos que no tuvieron mejor idea que salpicarnos de acción, sangre y violencia durante toda la década del ochenta. Analizando un poco los juguetes, series, películas y demás artilugios culturales, llegué a la conclusión de que muchos de nosotros recibimos las esquirlas de una absurda guerra que de una u otra forma, definitivamente nos marcó.

Tal vez la ignorancia de los medios o el mal filtro de nuestros viejos, que a la vez eran los “hijos de la Segunda Guerra Mundial” fueron los cómplices ideales del libre albedrío con el que EEUU desplegó su creatividad sin conciencia. A continuación unos ejemplitos que apoyan un poquito lo que digo.

Los Magníficos: Una banda de sobrevivientes traumaditos de Vietnam en ambientes totalmente urbanos repartiendo bala y combatiendo a medio mundo en pro del bien y de la paz. Huyendo siempre de la ley y armando proyectiles con extintores, bazookas con tubos de PVC, lanzallamas caseros y demás armamentos bélicos al más purito estilo de McGyver.
¿Se imaginan hoy en día una serie similar con cuatro o cinco forajidos “ex Golfo Pérsico” con evidentes problemas mentales, armados hasta los dientes, fungiendo de justicieros en plena época de Nickelodeon y Canal Disney? Ni cagando. No lo permitirían… Además Los Magníficos jamás serán igualados.

Rambo: Otro ex combatiente recontra incomprendido haciendo de las suyas, película tras película. Él contra todos. Un éxito de taquilla y de Función Estelar del Canal 2 por años.

Airwolf “Lobo del Aire”: No creo que muchos se acuerden de esta serie. Jan Michel Vincent hacía de ex piloto de Vietnam y piloto de un helicóptero supersónico. A la vez era chantajeado por la CIA para hacer misiones a cambio de información de su hermano desaparecido en la guerra de Vietnam.

NAM: Sin comentarios, puta madre, qué buena serie.

Van Damme: No sé si sea un buen ejemplo, pero el asunto es que este patita siempre se encontraba con un negro traumado y malogrado “ex Vietnam” que hacía de manager. A la vez reforzaba el tema del americano pateando “chinos” (aunque “Vandam” era Belga).

Pelotón: Un puto clásico. Cruda. Excelente.

Películas y series de este tipo abundan, pero tampoco quiero hacerla larga.

Vietnamómetro

Es simple, en una hoja de papel marca sí o no a cada una de las siguientes preguntas y descubre si eres o no un “hijo de Vietnam”:

¿Antes de cumplir los 8 años ya eras capaz de distinguir una AK-47 de una M-16?

¿Tuviste una M-16 comprada en el Mercado de Magdalena que al apretar el gatillo producía unas extrañas chispas internas que olían a quemado?

¿Alguna vez te pusiste una vincha roja?

¿Te pusiste betún en los cachetes?

¿Te sentabas con tu viejo a ver NAM después de ver Los Años Maravillosos?

¿Antes de cumplir los 8 años ya sabías lo que era el Napalm?

¿Envidiabas a tus amigos que tenían el cuchillo de Rambo? (sí, el que tenía brújula, lima, fósforos, nylon y anzuelos)

¿Alguna vez, jugando a las escondidas, te arrodillaste y levantaste el puño para alertar a tus amiguitos de atrás?

¿En tus juegos de niños usabas de vez en cuando las palabras: Charlie, Camboya, Viet Cong, Indochina, Saigón, etc.?

¿En tu carpeta de mp3 tienes la canción “Paint it black” de los Rolling Stones?

¿Has fantaseado con la esposa del chino del chifa de tu barrio?

¿Sabes cómo se quitan las sanguijuelas?

¿Alguna vez hiciste una trampa encubierta para que algún amiguito se saque la mierda?

¿Sabes lo que es una letrina?

¿Dices la palabra “Vietnam” por lo menos una vez al año?

¿Tu mayor referencia visual de prostíbulo son los trocas vietnamitas?

¿Tuviste alguna mascota llamada “Rambo”?

¿Tuviste alguna cantimplora de color verde?

¿Sabes lo que es una cantimplora?

¿Uno de tus sueños es viajar a Vietnam?

¿Has navegado en peque-peque por el río Amazonas teniendo el presentimiento de que te van disparar?

¿Alguna vez, en Polvos Azules, has preguntado si tienen la serie NAM en dvd?

¿Tienes el dvd de Pelotón?

¿Sabes lo que es una barraca?

¿Tienes el dvd de Full Metal Jacket?

¿Más del 60% de tus juguetes eran bélicos?

¿Tienes el dvd de Apocalipsis Ahora?

¿Disfrutas los juegos de matanza?

¿Has jugado GTA III sólo para desfogarte atacando gente inocente?

¿Alguna vez has tratado de armar un arma casera de cualquier tipo?

¿Has practicado puntería con cuchillos?

¿Has jugado Paintball?

Si la mayoría de tus respuestas es “sí”, ¡Felicitaciones! Eres un hijo de la guerra de Vietnam. No sé si sea bueno o malo, pero es lo que a muchos de nosotros nos tocó. Así fue nuestra infancia y, personalmente, no la cambiaría por nada.

martes, 15 de mayo de 2007

Los Metemano


Ya son casi las tres de la tarde y estoy llevándome a la boca el último bocado de mi plato de arroz con pescado frito. Es un viernes precioso, como todos los viernes cuando eres escolar.
—¿Ya terminaste? Lava tu plato y quítate el uniforme si piensas salir con la bicicleta. Lo tengo que lavar. —gritó mi mamá desde la sala—
—Ya —respondí con la boca llena—
Lavé mi plato sin quitarle la mirada al reloj de pared. A las tres y media llega Ayma, que en verdad se llama Francisco pero en su casa le dicen Pancho y a veces se me escapa y lo llamo por su apellido (Ayma), como en el colegio. ¿Qué estúpida forma de educarnos, no? Como si todos, de grandes, vayamos a ser empleados de ministerio público o algo así. Pero bueno, el asunto es que Pancho no vive en Magdalena, vive en Pueblo Libre y los viernes se baja del micro conmigo en el mismo paradero al final de la avenida Brasil para almorzar en la casa de su abuela donde también está su bicicleta. Es una bicicleta de carrera, azul, enorme. Y más enorme para Pancho, porque es de los más pequeños de la promoción. Es graciosísimo, para subirse necesita alguna clase de ayuda. Puede ser un hidrante de agua para los bomberos, algún murito donde van los nombres de las calles, el filo de alguna jardinera, en fin, siempre se las ingenia para subirse a su nave.
Corro a mi cuarto para cambiarme. Lo de siempre, mi bermuda azul y el primer polo que encuentre. El uniforme a la ropa sucia y lo más importante: la bicicleta.
Pero antes de salir, la importantísima revisión técnica. Es que con una bicicleta como la mía siempre es necesario. Les explico por qué. No sé si se acordarán, pero en la década de los ochentas, la marca Mister lanzó una línea de bicicletas “motocicletas”. Sí, era increíble. Me la regalaron en la navidad del ochenta y cinco, y como yo tenía cinco años le tuvieron que poner rueditas laterales. La verdad es que era una bicicleta bien pesada para un niño de cinco años. Soñaba con llegar a los pedales y aprender a montarla. A esa edad me contentaba con que mi hermana me empujara la lo largo de toda la quinta y así no tenía que pedalear. Es más, mis pies los colocaba en el tanque de gasolina y sólo tenía que sujetar el timón. ¿Tanque de gasolina? —se preguntarán— Sí, amarillo, de plástico y con tapa de color negro. ¡Y no se rían de los amortiguadores! Dos adelante y dos atrás. Una joya de la ingeniería.
Ahora yo, convertido en un eximio ciclista de doce años, tenía que encargarme de hacer los ajustes necesarios antes de cada salida. Recordemos que nuestra querida ciudad siempre ha estado en una competencia constante con la Luna para ver cuál de las dos tiene la mayor cantidad de cráteres.
Llave en mano, ajustaba los pernos necesarios, verificaba la cadena, alineaba la llanta delantera con el timón y con un pequeño inflador de mano dejaba las llantas con la cantidad exacta de aire. Ni muy duras, ni muy blandas. Todo un profesional. Ah, me olvidaba, el tanque de gasolina lo saqué hace casi un año. ¿Se imaginan a un muchachón de doce años montando una bicicleta con un tanque de gasolina de mentiritas? Qué ridículo.
Escucho la puerta de Peter, el tercer integrante de la pequeña pandilla. Es curioso, pero cuando creces en una quinta aprendes a reconocer a la gente y a las casas por sus sonidos. Los tacos de la señora Emilia, toc, toc, toróc, toc, toc, toróc, la tos del abuelo de Gaby, el llavero del señor Torres, el sonido especial de mi papá cerrando la reja de la quinta cuando llegaba del trabajo…
Corro a mi azotea para asomarme cual centinela de guardia sólo para cerciorarme. Veo pasar a Peter a toda velocidad por la pista. Peter vive en una de las dos casas principales de la quinta, las que dan para la calle, son más grandes y de largo ocupan el ancho de una casa y media hacia el interior de la quinta donde sólo tienen sus puertas falsas.
Vuelvo a ver a Peter pasar a toda velocidad, sonrío de oreja a oreja. Ya es hora de salir. Peter tiene una BMX, así le dice él, se la mandó su papá el verano pasado desde Estados Unidos. Es negra con rayos blancos que no son de metal como los míos y como los de la bicicleta de Pancho, son tres rayos de un plástico durísimo por cada rueda y parecen aspas de una turbina de avión. Y, a diferencia de Pancho, la bicicleta le queda chica, pero Peter dice que en California las usan así, para saltar más en las rampas y poder hacer las maniobras. Casi nunca usa el asiento, va de pie, encorvado sobre los pedales.
—No vengas muy tarde, maneja con cuidado, fíjate bien cuando cruces pistas…
—Ya, mamá.
Doy tres pedaleadas y llego hasta la reja de la quinta, Peter está sentado en el murito de su jardín. Su bicicleta está echada en la vereda y con la llanta trasera girando.
—¿Y Pancho? —pregunto—
—Ahí está —me responde mirando a Pancho que está a media cuadra—
—¡Cuidado! ¡Arrimen esa bicicleta!
Pancho va preparando el tren de aterrizaje: sus piernas. Peter, con una rápida maniobra levanta su bici cediéndole el paso a Pancho para que pueda colocar su pierna izquierda en el murito y poder frenar. Sonríe y nos saluda sin bajarse de la bicicleta. Aún lleva el pantalón del uniforme y la camisa blanca afuera.
—Ya estamos. ¿Qué tal si jugamos a meter mano?
Pancho empezó a reír. Yo no sabía qué decir, entre la decisión de Peter y la tácita aceptación de Pancho.
—Pero no pues… cómo que meter mano…
—Ya pues Chubi, —así me llamaba Peter en alusión a una marca de caramelos; decía que mi cabeza parecía uno de ellos­— es bravazo, podemos meterle la mano a las empleadas, a las escolares…
Peter que era algo así como el líder del grupo, siempre proponía algo para hacer.
—¿Y si nos agarran?
—No pues, nos vamos al otro lado de la avenida Brasil… Ahí es tranquilazo y a esta hora las empleadas salen a comprar el pan.
—¡Vamos! —dijo Pancho—.
—No valen chibolitas ni viejitas. El que agarre más culos gana. Un punto por culo.
Peter subió de un salto a su bicicleta; Pancho, de pie en el murito de la jardinera le dio vuelta a su tranvía para luego arrancar. Las posiciones eran así: Peter adelante, por ser el más veloz marcaba la ruta y nos alertaba ante cualquier situación; Pancho, el más inestable, iba al medio. Si se caía o necesitaba algún tipo de apoyo físico tenía alguien que le diera una mano. Luego estaba yo, al final. Pero no era por otra cosa que por lento. Si bien mi bicicleta era rápida, era incapaz de competir contra las otras bicicletas en el momento de partir, era tan pesada como una locomotora. Pero no me incomodaba para nada, desde ese lugar controlaba todo el espacio visual del grupo y no tenía que andar girando el cuello como búho para hablar con alguno de ellos, me bastaba con gritar.
Tomamos la ruta de siempre con rumbo a la parte más bonita de Magdalena, el otro lado de la avenida Brasil. Nos encantaba pedalear por ahí, a pesar de ser el mismo distrito se respiraba otro aire, era otro paisaje. Sin ambulantes, mercados, microbuses… Todo era paz, las casas tenían jardines, parques por todos lados, la única bulla se reducía al canto de los pajaritos vespertinos y a las cornetas de los heladeros. Esta avenida era como una frontera, una puerta a otra dimensión.
Cruzábamos la avenida Brasil a la altura de la Botica Venus. Era la avenida más ancha que conocíamos, tenía cuatro carriles. Nos fijábamos bien antes de cruzar, el primer carril era para autos que venían del Centro de Lima, luego venía un carril doble para microbuses. El más peligroso. Y por último, otro carril para autos que se dirigían hacia el Centro.
—¡Empezamos! —gritó Peter—.
Confieso que no me gustaba para nada la idea y me alegraba más que nunca ser el último de la fila.
Avanzábamos con cautela, como cazadores en safari. Mientras Peter y Pancho peinaban cada cuadra buscando a su primera víctima yo les rogaba a todos los Santos que ninguna infortunada se cruzara en nuestro camino.
Esquina de Inclán con Gonzales Prada, la casa de mis tíos Eduardo, Libia y Griselda; tres hermanos que nunca se llevaron bien pero que terminaron viviendo juntos en complicidad con su vejez. Como siempre, mi tío Eduardo regando sus plantas en pantuflas, pantalón y guayabera; acompañado de su interminable cigarrito de media tarde.
—¡Hola tío!
La manguera cambia de mano y el padrino de mi papá me saluda como de costumbre, la mano en alto y una rápida sonrisa.
Llegamos al muro de ladrillos del manicomio. Unas cuantas cuadras a la izquierda y luego a la derecha rumbo a nuestras fechorías.
Peter y Pancho conversaban entre ellos, yo pedaleaba feliz disfrutando de la tarde con la confianza plena en que los Santos me librarían de la penosa y patética hazaña.
Sin darnos cuenta estábamos al otro lado de la avenida Salaverry, que ya era otro distrito. Esta parte de San Isidro es muy parecida a Magdalena del otro lado de la avenida Brasil; mismo tipo de casas, muchos árboles y casas bonitas.
Peter levanta la mano cerca de una bocacalle. El escuadrón de mañosos se detiene (mi corazón también). Poco a poco nos acercamos a nuestro Américo Vespucio para darnos cuenta de que era una falsa alarma.
—¡Shhhhhhh! Miren
Era, efectivamente, una empleada, pero ya bordeaba los cincuenta y tantos años y tranquilamente podría ser nuestra abuela.
Luego de esto, las calles estuvieron más vacías que nunca. Nos detuvimos a descansar en un parque sin nombre donde me encontré una moneda de un sol y donde decidimos darle fin al “juego” y volver a nuestras casas porque ya era un poco tarde.
Íbamos más relajados, siempre que vas de San Isidro hacia Magdalena es como que de bajada, no tienes que esforzarte mucho pedaleando. El sol ya empezaba su descenso y los tonos anaranjados empezaban a teñir el cielo. Creo que mis Santos invocados estaban muy concentrados en la puesta de sol, porque de repente, aparecieron dos guapas chicas de aproximadamente dieciocho años cruzando la pista en diagonal, dándonos la espalda y con el apuro de un perezoso de la selva.
Peter se encorvó más que nunca sobre su BMX y volteó a hacernos unas explícitas señales de lo que iba a hacer, iba a atacar a la chica más alta, la de la derecha. Estábamos a unos treinta metros de las víctimas. Los tres volteamos a ver si venían autos. Ni uno, maldita sea. Pancho, con señas, me indicó que nosotros allanaríamos a la más gordita. Como si esto hubiese sido ensayado un millón de veces, como una jugada de laboratorio; los tres empezamos a tomar velocidad. Yo pedaleaba sin respirar, mis piernas temblaban. Peter mantuvo su flanco derecho, sorprendió a la primera y la hizo saltar y dar un fuerte grito. Mientras tanto y a pocos metros, Pancho había elegido ubicarse a la izquierda sorprendiendo a la gordita, que más que una buena metida de mano, lo que recibió fue una tremenda palmada en la nalga izquierda. Pirueta que casi le cuesta una soberana caída a nuestro pequeño piloto. Yo, pedaleando sin querer y filmando la escena como corresponsal de guerra, me mantuve al medio de la pista. Craso error. Porque, por ser el último, quedé casi a merced de ellas. La chica alta, ahora con los pies en la tierra y con los pelos de punta, gritaba aterrorizada cogiéndose el pecho como si le hubiésemos querido agarrar las tetas. Mientras que la gordita, que fácilmente habría clasificado a las Olimpiadas, empezó a correr detrás de mí. Y fue allí donde realmente me di cuenta que yo era el que corría peligro; los otros dos habían doblado en la esquina y se alejaban de la escena del crimen. Me encorvé como Peter y pedaleé como nunca, aunque mis piernas se negaban a hacerlo. Esto debió haber durado unos pocos segundos, pero que realmente parecieron una eternidad. Y cuando estaba quitándole la clasificación a Barcelona, la gordita trató de jalar mi polo; y de una cóncava posición, pasé a la más incómoda y convexa postura, evitando así el zarpazo final del oso. Doblé la esquina y por fin respiré y pedaleé más que nunca; me temblaban las piernas, los brazos, las manos… Miré hacia atrás y la chica volvía a reunirse con la otra víctima.
Como experta banda de pirañitas, dimos una vuelta aquí, allá, más allá y las dimos por perdidas. Llegamos a una bodega y decidimos calmar la sed con la moneda que me había encontrado. Aún seguíamos sentados sobre nuestras bicicletas.
—¡Puta madre, vieron cómo la levanté! ¡Ja, ja!
—¡Sí! ¡Y la gordita casi hace que me saque la mierda! —añadió Panchito—.
—Casi me agarran —dije— Estuve así de cerca de que me alcancen...
—¡No pues, Chubi! Cómo una hembrita, a pie, te va a ganar en carrera si tú vas en bicicleta.
—Esta bici es muy lenta, con las de ustedes es fácil pues. Ya, ¿qué compro? Inca, Pepsi o Guaraná.
Lo único que escuchamos fue un motor de Volkswagen acercarse. Era un escarabajo de color verde con dos manganzones adelante y las dos ultrajadas atrás. Casi se detuvo frente a nosotros.
—¡¡¡Ellos son!!! —gritaron las agraviadas—.
Como delincuentes y por puro instinto, giramos sobre nuestros ejes para huir contra el tráfico.
— ¡Nos encontramos en la casa abandonada, cada uno baila con su pañuelo! —gritó Peter—.
Cada uno tomó una ruta distinta, era como una pesadilla, el maldito carro verde aparecía en cada esquina, obligándome a cambiar de ruta una y otra vez. Parecía que la persecución sólo era para mí. Lo único que tenía claro era que mis piernas no se debían detener. Saltaba veredas, cruzaba pistas casi sin mirar, mi brújula interna trataba de guiarme hacia Magdalena. Por fin creí haberlos perdido cuando escuché un grito más.
—¡Quédate ahí, huevón, no te muevas!
Era el Volkswagen verde, estaba a una cuadra de mí. La calle donde estaba yo, terminaba en la avenida Salaverry. El auto empezó a avanzar hacia mí. Me bajé de la bicicleta, mis piernas no respondían. Sólo me quedaba correr. Estuve a punto de dejar mi bicicleta en medio de la pista y correr como loco hacia mi casa. Lo que hice fue correr sujetando el timón de mi “motocicleta”, salté los muritos de la berma central, crucé la ciclovía y llegué al otro lado. Volteé a ver qué sucedía al frente. El auto se detuvo porque no había pase. La puerta del chofer se abrió. Me subí a la bicicleta y como boxeador, utilicé mi segundo aire para perderme entre las calles que conocía como la palma de mi mano. Estoy seguro de que si el matón se hubiese bajado a perseguirme, me habría alcanzado de todas maneras. Pero, gracias a Dios y a mis Santos, optó por buscar una entrada donde doblar en “U”. Tonto el chofer, pues me dio el tiempo necesario para perderme en mi jungla, ahora yo estaba de local. Pedaleaba por inercia y con miedo, sentía que en la siguiente esquina aparecería mi pesadilla verde y me golpearían hasta el cansancio por cómplice, por mañoso y por cojudo.
Fui el último en llegar a la casa abandonada. No, no se imaginen la típica casa antigua con árboles secos y paredes sucias. Era más bien la casa más moderna de la calle de mi tío Eduardo, sólo que por no sé qué asuntos legales no podía ser habitada por nadie. Allí encontré al resto de la banda inventando su versión y su respectiva persecución.
—¡Chubi! ¿Dónde estabas?
—La que te perdiste… A mí y a Peter nos han perseguido como en una película, aunque nunca nos cruzamos, claro…
—Me imagino… de la que se salvaron. Ya es tarde, muchachos. ¿Nos vamos?

domingo, 13 de mayo de 2007

Acá me quedo nomás...


—¿Qué cigarro, joven?
—El más barato nomás, y un Halls rojo, por favor.
—Ahí tiene.
—Gracias, señito. ¿Tiene fósforos?
—Ahí está el encendedor.
Coloqué el cigarro en mi boca y miré si venía la combi que esperaba. No la vi, así que prendí el cigarro y retuve el humo un momento.
—Gracias.
—A usted, joven.
Vacié mis pulmones y otra vez miré hacia el fondo de la avenida Angamos. Estaba en el cruce con la avenida Arequipa. Usualmente en ese cruce no faltan combis pero como era aproximadamente la una de la tarde supuse que choferes y cobradores estarían almorzando. De todas formas sabía que no tardaría en pasar alguna combi que me llevara al final de la avenida Primavera.
Coloqué el cigarro en mi boca y con las dos manos empecé a luchar contra la envoltura del Halls que parecía resistirse a abrirse. Luego de un último y desesperado intento, la envoltura cedió y el maldito caramelo terminó en el centro de la pista. Con la mano derecha recuperé mi cigarro y con la izquierda guardé la envoltura en el bolsillo de mi jean y disimuladamente traté de ver si alguien había visto mi desesperada lucha y el triste final del caramelo, pero sólo vi a la señora que me lo vendió moviendo la cabeza y sonriendo. Le sonreí y avancé unos cuantos pasos sobre la tierra como para salir de su ángulo de burla.
Al fin, a lo lejos pude ver una combi acercándose a una velocidad realmente ridícula. Pero es lógico porque yo estaba a pocos minutos del comienzo de su ruta y suelen hacer esto hasta que tienen una buena cantidad de pasajeros. Miré mi cigarro y todavía estaba por la mitad.
Conforme fue acercándose la combi pude ver que no llevaba ningún pasajero. Es más, ni siquiera había cobrador. Sólo era el chofer recostado sobre el timón que conducía el vehículo a cinco kilómetros por hora.
Dudé en levantar el brazo para que se detenga. Pensé que podía estar fuera de ruta o con algún desperfecto. Y mientras pensaba, el chofer me hizo una seña con el índice de su mano derecha y comprendí que era un chofer que había salido sin cobrador para ganar un poco más. Le respondí con un movimiento de cabeza y se detuvo. Haciendo un esfuerzo sobrehumano logró abrir la puerta corrediza para que yo entrara. No lo hice. Si lo hacía, sería yo quien tuviera que abrir la puerta al resto de gente que subiera. De ninguna manera. Lo que hice fue entreabrir el vidrio de la ventana de la puerta para que la próxima víctima pudiera abrirla. Después la cerré con fuerza y abrí la puerta del copiloto. Le di la última pitada a mi cigarro y lo tiré sobre la tierra. Me subí y cerré la puerta. El chofer había vuelto a su posición de morsa sobre el timón. Todavía no arrancábamos.
—Buenas —dije sonriendo—.
No recibí respuesta alguna, sólo un giro de cuello y un ligero movimiento de cabeza por parte del inmenso chofer. Y es que recién me percaté que era un hombre bastante grande, y además parecía ser de esos que van por la vida con el ceño siempre fruncido y con pinta de amargados. Llevaba una gorra roja que hacía algo de sombra sobre su cara brillante. Se incorporó, su cabeza rozaba el techo, bostezó y me alcanzó uno de esos letreros que se pegan en los vidrios con algo de bao. No me dijo nada, pero entendí que tenía que colocarlo en el parabrisas. Lo hice con la experiencia de quien lo ha hecho miles de veces y la verdad es que era la primera vez que lo hacía. En el letrero decía “Jockey Plaza”. Recién en ese momento nos empezamos a mover.
Cruzamos la avenida Arequipa, luego Petit Tohuars y nos detuvimos con el rojo del semáforo en el cruce con la Vía Expresa. Fue entonces cuando apareció un gringo algo agitado y colorado levantando el brazo para que no arrancáramos sin él. El semáforo ya estaba en verde. El chofer detuvo la combi para que el gringo pudiera subir. Él mismo metió su brazo por la ventana y abrió la puerta corrediza. Pude reconocerlo de inmediato, era uno de esos mormones que van por Lima con pantalón de vestir, camisa blanca y una mochila cruzada y que mastican el castellano para convencer a cuanto infeliz acepte sus sermones callejeros.
Se sentó en el primer asiento doble junto a la puerta y trató de comunicarse con el chofer.
—Hola, ¿va hasta la Volvo?
El chofer no se inmutó. Yo miré de reojo primero al chofer y luego me asomé para ver al gringo que se estaba secando el sudor de la frente con un pañuelo de tela blanco. Volvió a intentarlo.
—Si quiere yo puedo ayudarlo... Lo ayudo con la puerta y cobrando a la gente porque yo voy hasta el final, hasta la Volvo. ¿Va hasta la Volvo, no?
Mosca el gringo. Y encima dominaba nuestro idioma. Pero no fue suficiente para que el concentrado chofer le devolviera una respuesta. A la tercera va la vencida.
—Amigo, ¿lo ayudo? —esta vez casi gritando como para asegurarse de que el chofer lo escuchara de todas maneras—.
El chofer exhaló aire por la nariz como un toro y respondió con el hígado.
—No.
Silencio absoluto. No volví a escuchar las peticiones del gringo. Y como buen mormón que era no le quedó más remedio que ayudar con la puerta a los pasajeros que ya empezaban a llenar la combi.
Estábamos a la altura del Hospital de Neoplásicas. Aquí se llenó la combi, subieron varias mujeres y niños. Pude observar a una señora gorda corriendo hacia la combi arrastrando a su hijo como muñeco de trapo. El gringo lo recibió con un brazo y con el otro ayudó a la señora a acomodarse en el último espacio libre de la combi.
—¡Carro lleno, jefe! —gritó el terco—.
Tomamos el carril izquierdo de la avenida. Sólo quedaba un espacio en toda la combi, entre el piloto y el copiloto. Como ya estabamos cerca de mi destino saqué unas monedas con mucho esfuerzo del bolsillo. Tomé una de cincuenta céntimos y tres de diez céntimos. Luego saqué mi carné de medio pasaje y mostrándolo con la mano izquierda le hablé al gigante.
—Señor, cóbrese medio...
Sólo miró mi carné y me hizo un gesto para que deje el dinero sobre el tablero. Así lo hice. Había una franela roja con otras monedas encima. Tiré mis cuatro monedas sobre la franela cuando pasábamos por la esquina del chifa Sau-San, a unas cuadras de donde bajaría.
Estábamos a una cuadra de la calle Recuerdo.
—Recuerdo bajo, por favor...
Frenamos de golpe. Una chica detuvo la combi para subir. La pude ver observando el interior de la combi. Ella era linda y llevaba sus cuadernos abrazados, supuse que iba a la Universidad de Lima.
No había sitio y el chofer me miró. Pero como estaba a una cuadra de Recuerdo pensé en cederle mi lugar, quedarme en esa esquina y caminar hasta la otra.
—Acá me quedo no más.
Aquí todo se puso en cámara lenta, en blanco y negro. La miré, quité el pestillo de la puerta y bajé. Con mucha gracia y tomando la puerta con la mano derecha le hice un gesto para que suba. Sólo sonrió y subió. Yo estaba nervioso porque era linda y para demostrar mi fuerza y masculinidad cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Lo curioso es que en vez de escuchar el portazo, la puerta volvió a mi mano con similar intensidad mientras una especie de aullido o sirena empezaba a sonar. Ahora sí, más nervioso que nunca, sólo atiné a tirar la puerta por segunda vez y me atreví a levantar la mirada. Lo que vi lo tengo grabado como una instantánea en las retinas de mis ojos hasta el día de hoy. Vi a la chica mirarme con un gesto máximo de desconcierto y asombro y al chofer con la boca abierta acompañado de una mirada de “¡qué le pasa a este huevón!” La puerta volvió a mí por segunda vez. Aquí se puso todo a color y pude ver que la pierna de la chica era lo que me impedía cerrar la puerta. El aullido aumentó y se convirtió en el grito más raro que he escuchado en toda mi vida. Era más bien una especie de quejido lastimero mezclado con llanto de gata nocturna. Fue horrible. Solté la puerta y vi que todos los pasajeros me miraban en silencio, el gringo no me quitaba la mirada de compasión. La sangre empezó a hacer ebullición en mi rostro y en mis orejas. Mi única reacción fue dar media vuelta y alejarme por esa calle perpendicular.
Escuché el motor andar, miré por encima de mi hombro y vi a la combi alejarse para siempre.

jueves, 3 de mayo de 2007

Esos encuentros que incomodan...


Es horrible, a todos nos pasa, y el 90% de veces es prácticamente inevitable.

Estás caminando despreocupadamente por la calle, una riquísima tarde fresca, tal vez fumándote un puchito o simplemente tarareando alguna pegajosa canción de turno.
De pronto tu cara cambia, con tu vista de lince, divisas una silueta, un cuerpo o simplemente una cabeza que de una u otra forma se te hace conocida. Se te cae el cigarrito y dejas de tararear tu canción. Sí, es un pata de tu cole. Y si digo “un pata” es porque no es tu patasa. Es de hecho un ser con el que, sin querer queriendo, has compartido 11 años de tu vida. Es una de esas 200 almas de tu querida promoción del cole con quien definitivamente marchaste en muchas Fiestas Patrias, te lo cruzaste en infinidad de recreos y hasta tal vez compartiste salón muchas veces. En pocas palabras, nunca fue tu amigo.

Tienes dos cosas por hacer, dependiendo de la distancia en que se encuentre:

1. Si jamás pisaste Waldo Olivos y siempre te jactaste de tener una visión veinte sobre veinte, significa que estás en la capacidad de reconocerlo a unos 73 metros de ti, aproximadamente. Distancia suficiente para:
Cruzar la pista.
Llevarte la mano a la frente y fingir que te olvidaste de algo y dar media vuelta para perderte en la multitud.
Fingir que llaman a tu celu y pasar piola hablándole a la nada.
Tomar la primera combi que pase sin importar que vaya a Zarumilla.
Meterte a alguna tienda.
O si eres recontra cabrón, seguir tu rumbo sin desviar tu mirada un milímetro. ¿Total? Si no lo ves, no pasa nada.

2. Si eres de los distraídos (como yo) que usualmente pisan caca de perro o de loco, si eres de los que se golpean la cabeza en la combi al subir o bajar, si eres de los que entran a Wong y no se acuerdan qué carajo vinieron a comprar, si eres de los que usualmente se equivocan de micro (uy! Choche, disculpa… no doblas en Javier Prado?? Esquina baja, por favor…) Si eres de los que se dan cuenta que llevan el cierre abajo cuando llegan a la oficina… Lo más probable es que este “amigo” te sorprenda a poquísimos metros de distancia y cuando ambos hayan cruzado miradas. Qué hacer. El encuentro es inminente. Cagaste.

El saludo:
—¿Gamboa?
—¡La Torre! ¡Huevón! A los años… Qué bestia. Estás igualito.
—¡Tú estás gordo! ¡Ja,ja!
(Conchatumadre… gordo? Tú sigues teniendo cara de imbécil!)
—Sí, pues… ya estamos viejos. Las chelas, la flaca, la chamba…

Buscando tema de conversación:
­—Oe, y qué sabes de la gente?
—Nada, alucina…
—Hace como dos años me encontré a Gutiérrez!
(Quién chucha es Gutiérrez? Estudió con nosotros?)
—Manya… Gutiérrez. Y qué es de su vida?
—Estudió arquitectura en la Richi.
—Uhmm…
—Y qué haces por la vida, Gamboíta?
—Ahí… trabajo en una agencia de publicidad… soy diseñador.
—Asu! Así que tú haces los réclames!
(Comerciales, mierda! Se dice COMERCIALES… y no, no hago comerciales… y a ti qué chucha!)
—No, algo así… más o menos… Y tú? En qué andas?
—Justo me acaban de ascender a encargado de ventas y asuntos comerciales de una distribuidora importantísima. Además he puesto una empresa de buffets con una amiga y si Dios quiere me voy a España a hacer una maestría el próximo año.
(Bueno, tampoco era para que me recites tu currículo, maderfaker!)

Cerrando el tema de conversación:
­—Qué bien, oye… qué chévere que te vaya de puta madre.
—No me puedo quejar, Gamboíta.

El protocolo de rigor:
—Gamboíta, dame tu número para juntarnos con la “gentita”.
(¿gentita?)
—Claro, apúntalo… nueve, tres, dos, siete…
—Te timbro y me grabas, ok?
—Ok!

Demasiada charla con alguien que no ves hace 10 años y que probablemente nunca más vuelvas a ver. Poniendo fin al asunto:
—Ha sido un gusto, broder. Pero te voy dejando porque estoy apuradazo…
—Sí! Ya te estoy llamando para coordinar una “reu”, ok?
(Sí, huevón… nunca nos llamaremos.)
—Ok! Me avisas, ah!

En los diez años que llevo fuera del cole, me mantuve siempre esquivo y alerta ante estas incómodas situaciones. Ahora, más viejo, curtido y canchero, confieso que no las evito para nada y hasta gozo si me llego a encontrar con una cara conocida. Total, siempre habrá un Gutiérrez de quién hablar.

sábado, 28 de abril de 2007

As seen on TV!




Todo empezó hace ya varios años, cuando este tema de las ventas por TV aún se asomaba entre comerciales. Ya desde esas épocas, soñaba con un set de cuchillos Ginzu, que cortaban absolutamente todo lo que uno quisiera y sin perder jamás el filo de bisturí. Ojo que lo único que yo hacía en esa época dentro de la cocina era prepararme panes con mantequilla y comer directamente de las ollas. Aún recuerdo a mi mamá llamándome a gritos para almorzar, mientras –pegado a la pantalla- soñaba con tener abdominales de acero, mismo Lou Ferrigno, gracias al AB-Dominator Pro y poder conquistar a las chiquillas del barrio.

Ya los años han pasado y aún no dejo de maravillarme por la calidad del floro de ventas de estos astutos vendedores de ilusiones. A pesar de trabajar en publicidad, confieso que cada vez que hago zapping, me detengo en el canal 29 y me olvido de todos los conceptos marketeros estudiados, y cual terapia, me acurruco con la metralla de argumentos súper bien estructurados y divago entre exprimidores de jugos surrealistas, donde prácticamente puedes meter la fruta con tallo, hojas, raíces y aún así, ésta maravilla te dará el jugo más cristalino y sabroso que te hará llegar hasta los 137 años.
Tónicos capilares capaces de convertir a Gianmarco en el mismísimo Valderrama. Cinturones quemagrasas, que, a punta de eróticas vibraciones hacen que las grasas acumuladas en la guata se vayan hasta los tobillos o simplemente desaparezcan! Fajas medievales que harían que Doña Tremebunda luzca como una cocacolita de kiosko, en fin. Cualquiera que sea nuestra frustración o problema, el canal 29 tiene la solución inmediata y con reparto a domicilio.

No puedo dejar de contarles la obsesión que me produjo llegar una noche de juerga a mi casa y ser sorprendido por el Genius Nicer Dicer. Es decir, sentí que mi vida estaba a punto de cambiar. Era demasiado bueno para ser verdad! Un picalotodo! Adiós a las tediosas sesiones de picar verduras! (casi nunca cocino). Lo único que hacía era imaginarme preparando sendas ensaladas a mis invitados, piqueos, postres de palitos de manzana y todo en un dos por tres! Además, traía de regalo el Magic Peeler, extraordinario adminículo capaz de pelar desde la más tierna zanahoria, hasta la más rústica piña! Y eso no era todo, también traía de regalo un recetario para hacer cientos de platos. Tenía que ser mío. Las operadoras me estaban esperando. La ventaja de no ser un púber, es que sí puedes comprar lo que ves en la tele. Sí, señorita, quiero, necesito el Nicer Dicer en este momento!… este… no hacen entregas de madrugada? Ok. Mañana… Pero tan tarde? Mmm… y si mejor voy yo a su tienda? Pero les quedan en stock, no? A qué hora abren? Aló?

Al día siguiente me levanté con la sonrisa en el rostro y me fui al Quality Products de Benavides. Estaba cerrado. No recordaba si abría a las diez o a las once de la mañana. No importaba. Me estacioné en la puerta para ser el primerito. A las once y cuarto llegó una señorita con cara de recién levantada y con un manojo de llaves. Me miró y la miré con mi sonrisa de niño en puerta de juguetería. Se metió y cerró la puerta de vidrio. Al cabo de unos minutos llegó otra chica. También le sonreí y se metió. Noté que hablaban entre ellas y me miraban a través de la puerta. Luego llegó un patita proactivo que se encargó de levantar las rejas y todo. Ya era la hora de entrar. En realidad nunca había entrado a este lugar. Fue algo muy especial. Ver cara a cara muchas de las cosas que veía en la tele. Pude tocar el Jack Lalaine´s Power Juicer y fantasear con exóticos jugos hasta que me enteré que bordeaba los quinientos Soles. En fin. Soñar no cuesta nada.

Me acerqué al mostrador y sin rodeos pregunté por el Nicer Dicer, con el temor de escuchar “se nos ha terminado”. La señorita sólo giró 180 grados y de una ruma de cajitas, tomó una. Ahí estaba, con sus dos cuchillas alemanas intercambiables, sus tappers indestructibles hechos de no sé qué polímero especial, el pelador de regalo y el librito de recetas que más parecía un escuálido folletín impreso en Bond de 70 gramos. Cóbrese.

Salí disparado rumbo a Wong a surtirme de verduritas frescas y demás especies. Llegué a mi casa y empecé a picar todo lo que pude. Preparé un ensaladón genial, un acompañamiento de huevos duros con mayonesa (as seen on TV). Al final piqué tantas verduras que las tuve que guardar en la refri por varios días hasta que se perdieron en el olvido igual que mi Nicer Dicer que pasó a ocupar un lugar del olvido en una de las alacenas de mi cocina.

Igual suerte corrió un aparato para hacer planchas que me compré hace como un año. Prometía cambiar tu cuerpo en sólo un mes y usándolo cinco minutitos diarios!!! Tenía que ser cierto! Nunca más pondría excusas tontas para no ir a la playa. Mis falsos senos masculinos disminuirían y mi autoestima se dispararía. Qué más podía pedir. Mi pedido llegó al día siguiente en manos de un señor gordito y amable, dentro de un Datsun rojo. Así, sin cajita, sin el manual de ejercicios prometido y con pinta de haber sido fabricado en Yerbateros, sin ofender a los artistas de este lugar, pero el acabado no era el mismo que yo vi en la tele. Pero bueno. Y por una ligera demora en el delivery, me regalaron dos fabulosos quita pelusas! Utilísimos estos cachivaches, sobre todo cuando tienes un perro chusco y pelucón. Disculpa, Lucas.
Resultado: traté de acelerar el proceso de cambio corporal y cual alumno de Pedro Paulet, me embarqué en una sesión de planchas en todas las poses y estilos por más de media hora. Faena que a la mañana siguiente hizo que me cueste levantarme de la cama y que abandone “temporalmente” mi nueva adquisición. Adiós cuerpazo.

A la trotadora de mi hermana, que terminó como perchero.
A las plantillas cura dolores corporales del Chato, que usó por un día.
Al Nicer Dicer que jamás volví a sacar de la alacena.
A mi sofisticada máquina para hacer planchas que hoy descansa empolvada no sé dónde.
A los litros de Herbamatín que usa mi vecino de arriba sin ver crecer un cabello.
A las fajas mágicas de mi jefa que jamás lograron entrar en el cuerpo de ella. (2 x 1, negra y beige, para cualquier ocasión)
Y a todas esas máquinas para hacer abdominales que se pueden encontrar en cada una de sus casas (y no digan que no).

A todos ellos, muchas gracias por hacernos soñar 15 minutos.